OPINIÓN

Pablo Iglesias Posse: un siglo después, la conciencia que aún interpela a España

El legado del fundador del socialismo español y su vigencia ante los desafíos sociales del presente

Esta semana, se han cumplido cien años de la muerte de Pablo Iglesias Posse. Y, aunque las efemérides suelen quedarse en lo protocolario, ésta invita a detenerse un poco más. La trayectoria de Iglesias, marcada por la pobreza, la enfermedad y el trabajo desde que apenas era un niño, es una de esas historias que no se explican sólo con datos; hay en ella una mezcla de tenacidad y dignidad que descoloca incluso con el paso del tiempo. Aquel tipógrafo que llegó a Madrid sin apoyos ni padrinos, casi con lo puesto, sólo tenía una idea clara: que la vida podía ser algo menos injusta para la gente corriente. Esa convicción, tan sencilla como radical, es lo que mantiene viva su figura un siglo después.

Cuando fundó el PSOE en 1879 y la UGT en 1888, no buscaba protagonismo ni pretendía lanzarse a una epopeya política. Fueron respuestas urgentes ante un país donde las y los trabajadores carecían de derechos y de voz. Iglesias comprendió pronto que sin organización no había forma de enfrentarse a la explotación diaria. Desde El Socialista hasta las Casas del Pueblo, pasando por su trabajo parlamentario, volcó su vida entera en construir herramientas colectivas que sobrevivieran incluso a su ausencia. Murió casi sin bienes, dejando unas pocas pesetas para que el periódico continuara. Esa coherencia, más que cualquier homenaje, explica quién fue.

Un siglo después, España es un país que él no podría reconocer: disfrutamos de un Estado social, de servicios públicos y de una protección laboral que en su época habrían parecido ciencia ficción. Pero el aniversario llega en un momento incómodo: la desigualdad vuelve a crecer, la vivienda se convierte en una muralla para los jóvenes y la precariedad laboral se disfraza de modernidad. Es inevitable preguntarse qué diría Iglesias al ver cómo algunas conquistas del movimiento obrero se consideran hoy decorado natural, y no el fruto de luchas duras y prolongadas.

Recordarlo no debería servir para una ceremonia vacía ni para reforzar identidades políticas de manual. La utilidad de su memoria está en lo que nos exige: mirar el país con honestidad, preguntarnos a quién benefician nuestras decisiones colectivas y devolver a la política su sentido elemental de servicio. Su legado no se mide en bustos, sino en la capacidad de una sociedad para no dejar a nadie atrás.

La huella de Iglesias también pasó por Elche. Su visita, a comienzos del siglo XX, llegó en plena tensión entre los obreros del calzado, exhaustos por jornadas interminables y sin apenas derechos. No fue un líder mesiánico; llegó con voluntad de escuchar y animar a la organización. En aquel encuentro, sencillo pero cargado de expectación, prendió una chispa: de ahí nacería la Agrupación Socialista de Elche, impulsada por trabajadores que decidieron unir fuerzas para defender su dignidad. Desde entonces, esa agrupación se convirtió en un referente para la vida obrera de la ciudad, fruto de una visita discreta pero decisiva que transformó inquietudes aisladas en un proyecto común.

En definitiva, el centenario de Pablo Iglesias Posse no cierra nada; más bien abre una pregunta incómoda: ¿estamos cuidando aquello por lo que él peleó? Los derechos pueden retroceder si se dan por garantizados, y la dignidad de quienes más sufren sigue siendo el verdadero barómetro moral de una democracia. Honrar su memoria no es repetir su historia, sino continuar una tarea que él sólo pudo empezar.

Antonio J. Rodríguez Soler

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